El trayecto desde el recibidor hasta la inmensa habitación de Alan fue un torbellino de manos impacientes, besos robados y ropa cayendo al suelo de mármol.
La promesa de no tener más secretos ni fantasmas entre nosotros había desatado una bestia dentro de él. Sus manos me sujetaban con una firmeza posesiva, casi reverencial, mientras me empujaba suavemente hacia atrás hasta que la parte posterior de mis rodillas chocó contra el borde de la inmensa cama de sábanas oscuras.
Mi respiración era un