En los días siguientes, Alejandra repitió el patrón.
Pequeños mareos. Suspiros contenidos. Una mano sobre el vientre en el momento preciso.
No asistió a la consulta médica programada. Con habilidad, cobró un viejo favor a una enfermera conocida y logró que ese día no le asignaran cita, alegando cirugías imprevistas y agenda colapsada.
—Lo siento, señorita, el doctor no podrá atenderla hoy —fue la respuesta oficial.
Exactamente lo que necesitaba.
A la mañana siguiente hizo algo poco habitual: de