Santi corría por el pasillo cercano, ajeno al peso de los adultos, llevando en sus manos un pequeño juguete. Su risa, por momentos, rompía el ambiente… y lo hacía más doloroso.
Alice lo escuchó. Y sus ojos se humedecieron.
—Esa casa vuelve a quedarse vacía… —susurró.
Vittorino cerró los ojos un instante. El peso de esas palabras cayó directo sobre él.
—Amanda… —dijo finalmente, girándose hacia ella. Ella lo miró. Esperando. No con dureza. No con distancia. Con una calma que dolía más. Vittorino