Vittorino tardó unos segundos en encontrar las palabras correctas mientras hablaba con Alice en una vídeo llamada. Su madre lo observaba a través del teléfono celular con esa mezcla de prudencia y ternura que solo una madre puede manejar. Él mantenía los brazos cruzados, el ceño fruncido y una dureza en la mandíbula que delataba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Mammá… —comenzó, pero la voz le salió áspera—. ¿Tú crees que… que estoy exagerando?
Alice dejó la taza de té sobre la mesa, de