Amanda aún tenía los dedos apoyados en el teclado del celular de repente cuando un leve estremecimiento le recorrió la espalda. Fue como una intuición súbita, un presentimiento de que no estaba sola. Sintió que alguien la observaba. Levantó la vista despacio… y allí estaba.
Vittorino permanecía en el marco de la puerta, inmóvil, con los brazos cruzados y la mirada fija en ella. No dijo nada. No hizo ruido. Pero su presencia llenaba todo el salón como una sombra tensa, densa, casi eléctrica.
Ama