EL DESESPERO QUIERE ACABAR CONMIGO.
Horas más tarde.
Me sentía atrapado en la cúspide de mi dolor, estar atado de manos y caminar a ciegas era una sensación que no se le deseaba a nadie. Alyan me observaba sin parpadear, quizá descifrando los misterios de mi mente; un grito ahogado retumbaba dentro de mí como el invierno más potente e infinito. Otra vez, la mirada de Nahethis me recordaba lo mortal de la situación. No dejaba de pensar en mi madre y Estefanía. Su recuerdo era una llama y el fuego se estaba extendiendo para luego