Minutos más tarde.
Acompañé a Guillermo hasta la entrada de la casa como me lo pidió Rodolfo. Durante todo el camino anduvimos silentes, me sentí nefastamente apenada y herida. Guillermo también lo estaba. Por fin llegamos al portal. La noche era apacible y una hermosa luna adornaba el cielo nocturno, entretanto, la incómoda despedida estaba por llegar.
—Bueno, ya hemos llegado a la puerta —manifestó Guillermo tratando de esbozar una sonrisa que no le llegó a los ojos. Ahí comprendí lo que él