—Estefanía, cuando uno está vieja y el ángel de la muerte te señala, ni el caldo más potente lo puede evitar, pero debo confesar que lo único que me duele es dejarte a ti. Tengo miedo de qué te lastimen y no sepas defenderte —no pude evitar pasar mi mano por su rostro.
—Sabe que no me gusta cuando hablas de esa forma —le recordé.
—Debo hacerlo, por desgracia no somos inmortales —suspiró—. Le has dado tanta alegría a esta casa, a mis jardines que también son tuyos, fuiste cómo la primavera entr