Las horas parecían eternas en aquella habitación. Sentía que desgastaría el suelo de tanto caminar de un lado hacia otro. Adrián no me perdía de vista. Al igual que Elizabeth; su mirada retadora e iracunda se posó en mí desde que entré a la estancia.
—Voy a ver si se sabe algo de mi abuela, esta espera me está sofocando ¿Quieres venir conmigo, Estefanía? —me propuso Adrián al notar mi incomodidad por la presencia de su madre. Yo acepté su idea y Elizabeth se levantó rápidamente de la silla y se