ARTURO PALACIOS, CONDE DÓMINE.
Londres en el año 1790.
Mariana.
El rostro revelaba la siniestra expresión de un ser cruel y feroz, como si de un espejo se tratara. Podía verlo ante mí: una cara perfecta y hermosa, pero que, al mirar su reflejo, lo que ocultaba su exterior, se podía apreciar lo que realmente era: un demonio con cara de ángel.
Desde el vestíbulo de la entrada se podían ver las grandes escaleras que conducían al interior de la mansión. Siempre estaba esperándolo en el mismo sitio. Adivinaba sus horas, aque