Mundo ficciónIniciar sesiónApós ser brutalmente assassinada, Jade Belrose desperta em seu caixão, sem saber como ou por quê. Determinada a descobrir quem está por trás da conspiração que tirou sua vida, ela se depara com uma verdade ainda mais chocante: seu marido, Viktor Morvane, o homem que ela acreditava ser indiferente e frio, sempre esteve protegendo-a das sombras mais sombrias da elite em que viviam. Agora, Jade está dividida entre o desejo de vingança e um sentimento inesperado: o amor por aquele que ela jurou odiar.
Leer másArthur.
Miraba a mis hijas, tan pequeñas, de cuatro años de edad, y sin sentir ninguna emoción real. Eran idénticas a mí, pero con la piel más clara, cabello rubio y esos ojos azules que definitivamente venían de su madre. Aún así, no lograba conectar. Sus rostros reflejaban inocencia, pero mi mente estaba en otro lugar. Con un suspiro, salí de la habitación de ellas, me dirigí al salón donde estaba la niñera, quien inmediatamente notó mi mal humor. Me acerqué y, sin ocultar mi molestia, le hablé.
—¿Qué cree que está haciendo aquí? ¿Para qué la contraté?
—Señor, disculpe, lo que pasa es que… —intentó explicar mientras tartamudeaba, pero no la dejé continuar.
—¿Qué? —le dije, elevando la voz—. Te contraté para cuidar a mis hijas, no para estar acostándote con el jardinero en mi mansión. ¡Lárgate! Tú y él. ¡Fuera de mi casa!
La niñera bajó la cabeza, temblorosa. El jardinero se acomodaba la camisa, claramente incómodo. Ambos intentaron disculparse.
—Por favor, señor, no lo volveré a hacer —suplicó ella.
—No te contraté para esto —respondí cortante—. Un error y te largas. Mis hijas estaban solas, mientras tú… ¿haciendo qué? Mi casa se respeta. ¡Fuera!
Con la conversación zanjada, salí del salón y me dirigí a mi despacho. Necesitaba deshacerme de esta situación cuanto antes. Abrí mi computadora, revisé los días que la niñera había trabajado, firmé un cheque y llamé a Lucy, la ama de llaves.
—Lucy, haz que se vayan de inmediato. Aquí está el cheque. No quiero verlos más —le ordené.
—A sus órdenes, señor —respondió ella, eficiente como siempre.
Cuando Lucy salió, me dejé caer en mi silla y puse mis manos en las sienes. Estaba sofocado. Ahora, otra vez, sin niñera. ¿Quién iba a cuidar de mis hijas? Me levanté, intentando no pensar demasiado en ello, y fui a su habitación. Allí estaba la señora Lucrecia, ayudándolas a vestirse.
—Lucrecia, necesito a una persona urgentemente —le dije, tratando de mantener la calma.
—Señor Arthur no se preocupe. Encontraremos a alguien adecuado —respondió ella con su tono tranquilo.
—Eso espero —respondí, mirando a una de mis hijas que balbuceaba "papi" mientras se acercaba a mí. Era tan bonita, pero me rehusaba a encariñarme. No podía permitírmelo.
—Encárgate de ellas. Tengo que ir a la empresa. —Le di la espalda y me preparé para salir.
—Señor, su hermano Enzo ha llamado varias veces —me informó Lucrecia antes de que me marchara.
—Déjalo, no quiero que me molesten en casa con asuntos de la empresa —dije, firme. Lo que era de la empresa, se quedaba en la empresa.
Cuando bajé al salón, los empleados se alinearon, como de costumbre, bajando la cabeza en reverencia. Todo estaba reluciente, como me gustaba. Al salir, Miguel, mi chofer, ya me esperaba.
—Buenos días, señor —me saludó mientras abría la puerta de la limusina.
—Buenos días, Miguel. Vamos —respondí, entrando en el coche.
Mientras nos alejábamos, encendí mi laptop. Era un modelo ultrafino, con múltiples pantallas desplegables, y lo primero que revisé fueron las cámaras de la casa. El jardín, los cuartos… todo en orden, excepto por el hecho de que ahora necesitaba buscar un nuevo jardinero y niñera. Estaba harto de tener que contratar personal que siempre me decepcionaba, pero no tenía más opción.
Apagué la computadora y me concentré en la empresa. Al llegar, los empleados ya me esperaban en fila, listos para iniciar la jornada. Nuestra corporación tenía más de 50 años; mis padres me la dejaron cuando se retiraron a vivir la buena vida, y ahora era mi responsabilidad, junto con mi hermano Enzo, aunque él siempre parecía más interesado en disputarme el control.
Entré a la sala de juntas, donde ya todos estaban esperando. Mi hermano estaba allí, impaciente como siempre. Aunque éramos gemelos, no éramos idénticos en personalidad ni en enfoque.
—Buenos días a todos —dije con firmeza, y todos bajaron la cabeza, excepto Enzo.
—Arthur, te he estado llamando. La reunión debía haber comenzado hace tiempo —mencionó Enzo, con su habitual tono de reproche.
—La reunión empieza cuando yo lo decido —respondí, cortante. —Ingrid, empieza.
Mi asistente encendió la gran pantalla, mostrando los detalles del nuevo proyecto. Nuestra empresa era líder en la fabricación de electrodomésticos y productos electrónicos, desde teléfonos inteligentes hasta robots domésticos con inteligencia artificial avanzada. Esta última línea de productos estaba diseñada para facilitar la vida en el hogar, algo que sabía que revolucionaría el mercado.
Tras la reunión, me retiré a mi despacho, seguido por Nancy, mi secretaria, quien me mostró las cifras para que las firmara. Dejé los documentos en el escritorio y, como siempre, Nancy no tardó en empezar con sus coqueteos.
—Hoy no, Nancy —le advertí, ya molesto.
—¿Está bien, señor? —preguntó, fingiendo preocupación.
—No me hagas preguntas que no te corresponden —respondí, levantándome y acercándome a ella—. Cuando quiera algo de ti, te lo haré saber. Hasta entonces, haz tu trabajo y nada más.
—Lo siento, señor —dijo, casi temblando.
—Tengo una reunión importante con los empresarios de Daicota. Cuando lleguen, hazlos pasar y cierra la puerta. No quiero interrupciones, especialmente de ninguna mujer.
Cuando se retiró, dejé escapar un suspiro. Nancy era hermosa, sí, pero no tenía tiempo para distracciones. Me levanté, encendí un cigarrillo y miré por la ventana. Nuestro rascacielos era uno de los más altos del país, un símbolo del poder que había construido desde los 18 años. He trabajado sin descanso, construyendo esta corporación, y nadie, ni siquiera mi hermano, me quitará lo que me pertenece.
Al final del día, cuando salí de mi oficina, observé cómo todos los empleados se levantaban de inmediato, inclinando sus cabezas en señal de respeto. Me acostumbré a ese tipo de reverencia. No espero menos, después de todo, soy Arthur Zaens, un hombre de prestigio, poder y éxito. Para mí, esa es la única forma en la que deberían tratarme, como un rey.
Al llegar a la mansión, mi chófer, puntual como siempre, salió rápidamente a abrir la puerta trasera de la limusina. Bajé con calma, ajustando mi saco a la perfección antes de avanzar hacia la entrada. Los empleados dejaron de hacer lo que estaban haciendo para recibirme, como lo hacen todos los días.
—Buenas tardes, señor Zaens.
Ni siquiera me molesté en contestar. Caminé directo al salón, ordenando con firmeza:
—Sirvan la cena.
Mientras me lavaba las manos en el lujoso lavabo del salón, ya sabía que la mesa estaría lista para mí. Al sentarme, una sonrisa ligera se asomó en mis labios al ver la cena perfectamente dispuesta y una suave melodía instrumental sonando de fondo. Así es como me gusta, sin interrupciones, todo en su lugar.
Después de cenar, me retiré a mi habitación. Me senté frente a mis proyectos, pensando en los nuevos productos y los dispositivos móviles de alta calidad que pronto dominarían el mercado. No me conformo con lo ordinario; quiero crear lo más exclusivo y costoso, productos que hablen de grandeza, como yo.
Cuando decidí que había trabajado suficiente, me levanté, me di una ducha mientras disfrutaba de una copa de vino en el jacuzzi. El calor del agua relajaba mis músculos, pero mi mente nunca dejaba de pensar en mis planes. Al salir, me miré en el espejo, me sonreí a mí mismo, chasqueé los dedos, satisfecho con lo que veía, y me vestí rápidamente. Sentí el deseo de salir por un rato.
Bajé las escaleras y le dije al chófer que me llevara a un bar.
—¿A cuál va, señor? —preguntó.
—A cualquiera, siempre y cuando no sea uno de esos tugurios de mala muerte —contesté sin interés.
—Por supuesto, señor.
Llegamos a un bar elegante, uno que frecuento cuando quiero estar solo. Al bajarme, observé el lugar. No estaba mal, la música era adecuada, el ambiente tranquilo, y lo más importante, no habría interrupciones.
Entré, pero de repente, sentí un empujón. Una chica se había cruzado en mi camino.
—¡Ten más cuidado!—gruñi molesto.
—¿Disculpa?— respondió con evidente irritación —Tú fuiste el que no miró por dónde caminaba.
—Vaya, las señoritas como tú siempre encuentran a quién culpar— mencione con un tono frío y arrogante.
—Vete al diablo— espeto saliendo del bar a toda prisa.
¡Mierda que loca!
Me dejó sin palabras y continuó caminando como si nada. ¿Cómo pueden venir este tipo de mujeres a un lugar así? Ni siquiera saben comportarse. Negué con la cabeza y me dirigí a mi mesa.
Llamé al mesero.
—Tráeme un vodka.
El hombre pareció confundido por un momento.
—¿Un vodka, señor?
—¿No escuchaste? —dije, levantando la voz ligeramente—. Y por favor, tráeme un sushi.
—Sí, señor. Con permiso.
Me quedé ahí, bebiendo en silencio, planeando mis próximos movimientos. Siempre hay algo más por conquistar, algo más que perfeccionar.
Viktor entrou no quarto de Jade sem cerimônias, como de costume. Ela estava sentada na cama, folheando um livro que nem sabia do que se tratava. Desde que se tornara vampira, sua concentração estava completamente comprometida. Mas, ao ver Viktor ali, parou o que fazia e ergueu o olhar."Arrume suas coisas. Viajamos ao amanhecer."Ela piscou, confusa. "O quê? Pra onde?""Vamos para uma cidade do interior. Precisamos de aliados, e conheço alguém que pode nos ajudar." Viktor se apoiou no batente da porta, cruzando os braços. "E você vem junto."O tom dele não deixava espaço para discussão, mas Jade não pretendia reclamar. Era sua chance de sair daquela mansão sufocante. Desde que se tornara vampira, seu mundo se resumia àqueles muros. Não era como se estivesse presa, mas sentia como se estivesse."Ótimo! Já estava na hora." Ela sorriu, fechando o livro e se levantando. "Mas por que agora? O que mudou?"O rosto de Viktor ficou mais sério. "Alfie encontrou rastros de alguém rondando a mans
A revelação que Viktor fizera a devastou de uma maneira que Jade não conseguia compreender totalmente. Helena, uma vampira... Ela piscou, tentando encaixar essa nova peça no quebra-cabeça que se tornava cada vez mais confuso. A revelação não fazia sentido. Helena, sempre tão tranquila, tão humana em sua aparência e maneiras, agora era vista sob uma luz completamente diferente. Jade sentiu um frio percorrer sua espinha enquanto revivia mentalmente cada interação que tivera com Helena. Aqueles olhos que brilhavam sob a luz fraca da lua, a postura impecável, quase etérea, e a aura de mistério que sempre a envolvera — tudo isso agora fazia sentido. Mas, ao mesmo tempo, nada fazia.O silêncio que se seguiu ao confronto parecia eterno. Jade estava paralisada, tentando processar tudo o que Viktor havia dito, mas as palavras dele reverberavam em sua mente como um eco distante. Ela não sabia o que pensar, nem por onde começar. O quarto onde estavam parecia sufocante, as paredes se fechando ao
Jade mantinha o sorriso nos lábios, tentando esconder o turbilhão de pensamentos que a assolava. Viktor a observava com aquela expressão predatória, os olhos fixos nela, mas com algo mais… uma tensão que ele não tentava esconder. Ela podia sentir, em cada fibra de seu ser, o peso da descoberta da noite anterior. A carta que ela havia encontrado queimava no bolso de sua calça, e com ela, as dúvidas se multiplicavam. “Que bom saber que sua manhã foi agradável”, disse Viktor, sua voz baixa e controlada, mas com algo que Jade não conseguiu identificar completamente. Ele fechou a porta atrás de si com um cuidado quase excessivo, e o som do trinco se assemelhou ao estalo de uma armadilha. Ele se aproximou, a postura relaxada, mas seus olhos eram os de um caçador em espera. “Você parece… diferente.” Jade inclinou levemente a cabeça, os olhos observando-o com a mesma intensidade. “De maneira boa ou ruim?” “Intrigante”, respondeu Viktor, dando um passo à frente, quase como se a estudasse em
Jade acordou com uma sensação que não experimentava há tempos. Seu corpo estava leve, sem o peso constante da exaustão que costumava acompanhá-la desde sua transformação. Cada músculo parecia revigorado, cada célula pulsava com uma vitalidade que a surpreendia. Ela abriu os olhos devagar, piscando diante da claridade suave que atravessava a fresta da cortina pesada. O teto de madeira esculpida acima de si parecia mais nítido, mais detalhado, como se sua percepção tivesse sido aguçada durante o sono.Movida por um ímpeto desconhecido, Jade sentou-se na cama. Nenhum vestígio de cansaço, nenhuma dor. O corpo, antes rígido e tenso, reagia agora com uma elasticidade quase desconhecida. Ela passou as mãos pelos próprios braços, sentindo a pele fria, mas estranhamente saudável. Uma onda de bem-estar percorreu sua espinha.Levantando-se, caminhou descalça pelo chão de madeira polida até as cortinas. O toque do tecido aveludado era quase reconfortante sob os dedos. Segurou as extremidades e, c





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