Dile cómo te llamas…
Madison despertó con una resaca que le martillaba el cráneo, como si un equipo de construcción estuviera trabajando dentro de su cabeza. La luz del sol se filtraba a través de las cortinas entreabiertas, enviando destellos dolorosos a sus ojos. Se incorporó lentamente, sintiendo cada músculo de su cuerpo, protestar por el abuso de la noche anterior y, sobre todo, un estómago que se giraba, creándole náuseas.
Sabía que había cruzado una línea esa noche, que había llevado la