Ana había pasado el resto del día tratando de no pensar.
Cada vez que cerraba los ojos, las imágenes de los últimos días regresaban con más fuerza: el beso de Leonardo con Isabella, la decepción, el miedo, la culpa.
Así que decidió dormir.
Dormir era, por ahora, la única forma de escapar.
Cuando abrió los ojos, ya el reloj marcaba las cuatro de la tarde. Clara estaba de pie junto a la cama, sonriendo como si no hubiera tormentas alrededor.
—Buenas tardes, bella durmiente —bromeó—. ¿Piensas dor