Transcurrió la mañana y la tarde estaba en silencio. El apartamento parecía más grande de lo habitual, como si el eco del desmayo aún flotara en las paredes. Luego de una siesta Ana despertó con un ligero dolor de cabeza y una sensación extraña en el pecho.
Clara no estaba.
Había salido sin avisar. Sobre la mesa del comedor solo había una nota escrita con letra apurada:
> “No te preocupes, vuelvo más tarde. Descansa. —C.”
Ana suspiró.
El silencio no era su mejor compañía. Cada rincón del a