El atardecer caía lentamente sobre la playa, tiñendo el cielo de tonos dorados y rosados. La brisa marina entraba por los ventanales de la casa y el sonido de las olas parecía marcar el ritmo de la calma. Después de un día lleno de risas, chapuzones y caminatas junto al mar, todos estaban exhaustos, pero felices.
—Voy a darme una ducha, necesito quitarme toda esta arena —dijo Clara, soltando una risa mientras sacudía su cabello mojado.
—Yo también —respondió Ana, sonriendo.
—Tómense su tiempo —