Resonancia de promesas
El canto del gallo se esparce por el valle como clarín del amanecer, pero dentro del cuarto aún semioscuro, Pedro sigue despierto, mirando el techo de madera que cruje con un ritmo acompasado.
Hay una sonrisa atrapada en la comisura de sus labios, vestigio del beso bajo los naranjos la noche anterior.
Al cerrar los ojos, aún percibe la suave presión de los labios de Jasmine, el perfume cítrico impregnado en su camisa y el calor tembloroso de un futuro que se abre ante él.