Los días siguientes trajeron una calma inesperada. El trabajo en la hacienda, antes pesado y solitario para Jasmine, ahora era compartido.
Pedro estaba siempre a su lado. Cargaba baldes, limpiaba el establo, cuidaba la cerca, ayudaba en la siembra. Y, más que eso, él escuchaba.
Prestaba atención. Notaba cuando ella estaba demasiado cansada o con algo atrapado en la garganta.
Esa mañana, el cielo estaba despejado y una brisa ligera agitaba las hojas de los mangos. Jasmine terminaba de recog