Amelia.
—El señor William me pidió que la llevara a donde quiera… —alcé mi rostro hacia un conductor que me abrió la puerta del auto, e intenté mirar hacia arriba del edificio, sabiendo que no podría adivinar donde estuve en unos minutos.
Mis manos temblaban mucho, y me metí al auto sin chistar.
«Donde demonios estás»
Había otra notificación de Edric, y pegué mi cabeza al respaldo del asiento para cerrar los ojos, y luego, cuando me alejé del sitio unos diez minutos más tarde, marqué la llamad