La boca de Sael tocó la mía.
Sin anuncio. Sin el segundo de duda que tienen los besos que se piensan demasiado.
Solo el calor de él, que ya no era sorpresa sino información que mi cuerpo procesó antes que el cerebro: doce grados sobre lo normal, concentrado en el punto de contacto, expandiéndose desde ahí hacia adentro como algo que no tiene dirección y no necesita tenerla.
Tardé exactamente un segundo en responder.
Un segundo en el que mi cerebro intentó hacer el inventario habitual — qué impl