Esa noche, a las once y cuarto, supe que Sael no estaba bien.
No lo busqué activamente. Fue el vínculo: el registro de fondo que llevaba semanas aprendiendo a leer sin mirarlo directamente.
Como saber que hay un ruido en el edificio sin poder identificar desde qué cuarto. El estado emocional de Sael llegó primero como calor —más alto de lo habitual, doce grados sobre la media humana y subiendo— y después como algo más específico: hambre. No el hambre cotidiana que gestionaba con discreción. La