Despacho, hacienda, once de la mañana.
La carta llegó con el correo ordinario del pueblo.
Eso era lo primero que desconcertaba: que la comunicación más importante que el Consejo de Estirpes podía enviar llegara en un sobre de papel común, con el sello de cera en el reverso como única distinción de lo que contenía.
Luciano Montecreaux la tomó del montón de correspondencia que Perla dejaba cada mañana sobre el escritorio y la reconoció antes de abrirla por el grosor y el peso específico del papel