La conversación que Sael dijo que teníamos pendiente ocurrió esa noche.
No en el comedor, no en el patio, no en ninguno de los espacios donde habitualmente nos cruzamos sin haber planeado cruzarnos. En el estudio pequeño del ala sur, que tiene dos sillones enfrentados y una mesa baja y suficiente luz para que nadie tenga excusa de no ver la cara del otro.
Sael ya estaba ahí cuando llegué.
—Gracias por venir —dijo.
—No era opcional.
—No. —Una pausa—. Pero aún así.
Empezó por el nombre.
—Clan Ald