Bajé al pueblo con la excusa de revisar el registro bancario.
Era mentira. El registro podía esperarse. Lo que no podía esperar era seguir sin saber exactamente cuánto había acumulado Zuri en esas carpetas suyas.
El café estaba vacío a esa hora excepto por el dueño, que me saludó con el gesto breve de quien me había visto suficientes veces para clasificarme como paisaje conocido. Zuri estaba al fondo con dos tazas preparadas.
Eso ya no me sorprendía.
—Tengo algo que mostrarte —dijo antes de que