A las tres de la mañana ya sabía que no iba a dormir.
No era insomnio de pensamientos, o no solo eso.
Era algo más físico que eso: una frecuencia de fondo instalada en algún punto entre el pecho y el esternón, persistente, como una nota musical que el oído no puede ignorar aunque el cerebro intente procesarla como ruido.
Me había tumbado boca arriba. Luego de lado. Luego había mirado el techo de piedra de la habitación durante cuarenta minutos seguidos y contado las grietas que la humedad había