Bajé al pueblo a pie porque necesitaba los cuatro kilómetros.
No era una decisión práctica.
El cielo estaba encapotado desde el amanecer, el camino de tierra entre los pinos olía a humedad acumulada, y mi único calzado adecuado para esa superficie tenía la suela izquierda a punto de despegarse.
Pero la hacienda a veces se pone encima como un peso que no pide permiso, y la única solución que conozco para eso es distancia física.
La noche anterior, Luciano había dicho ahora también es tuya con el