El diario de Ezequiel tenía ciento cuarenta y dos páginas.
Las había leído todas cuando llegué a la hacienda. Las había leído de noche, en el cuarto con el olor a moho de la sala sellada, con la letra del padre que no conocí yendo de la descripción técnica del mundo Voraz al registro de lo cotidiano al borde de algo que no nombraba pero que estaba en cada línea.
Lo que el Consejo me había entregado dos días antes era otra cosa.
El documento oficial —frío, en el idioma de los archivos, sin nada