El clan Aldave llegó a las diez de la mañana.
Los escuché antes de verlos: el sonido de pasos en el camino de tierra que no era el de las personas que vivían en la hacienda, que tenían ritmos específicos que ya conocía de memoria.
Estos pasos eran diferentes.
Más tentativos en el camino. Más firmes cuando se acercaban al portón, como quien ajusta la postura al entrar a territorio ajeno.
Estábamos los cuatro en el patio principal cuando cruzaron el umbral.
Crisanto primero, con dos miembros del