Fui a buscar a Dante al día siguiente.
Sin aviso. Sin carpeta bajo el brazo ni excusa operativa que justificara el movimiento. Había decidido la noche anterior en el patio que el momento era ahora y que los movimientos que vienen de la certeza no necesitan pretexto.
Lo encontré en el patio trasero.
Tenía las manos dentro del muro norte. La grieta que llevaba semanas ahí —no urgente, no peligrosa, presente— estaba recibiendo atención que nadie le había pedido que le diera.
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