Ariella
Mis cejas se juntaron.
—¿Qué?
—En el momento en que nos dejaste atrás y quemaste la casa familiar, estuviste muerta para mí. En el momento en que causaste la muerte de tu padre, estuviste muerta para mí.
Ella tragó saliva.
—Mi hija murió.
Las lágrimas corrían por mi rostro.
—Sigo aquí, madre. Hablamos de esto... Pensé que me habías perdonado.
—No.
—¿Entonces qué es esto?
—No, Ariella. Nunca te perdoné y nunca lo haré. Volviste siendo una Romano, ¿verdad? Te fuiste siendo una C