Ariella
Luca no respondió de inmediato. Simplemente miró a mi madre y luego a mí. Finalmente, habló.
—Porque el trato cambió.
La expresión de mi madre se endureció.
—No, no cambió.
—Sí lo hizo —respondió Luca.
—Teníamos un acuerdo —insistió mi madre.
—Y luego tu gente le prendió fuego a la mansión —dijo Luca.
—¿Mi gente? —espetó ella—. No te atrevas a achacarme esto a mí. Ellos no son mi gente. Yo no soy uno de ellos. Ni siquiera sé de qué se trata todo esto. Lo único que me importa es q