Estaba a punto de dejar el teléfono sobre la encimera, irrumpir de nuevo en la sala de estar y mandar al demonio a Will y a... ¿cómo se llamaba? Anna. Que se largaran de mi vista.
Porque no había ni la más mínima posibilidad de que me sometiera a cualquier prueba que Asher creyera que podía imponerme a la fuerza.
Pero entonces el teléfono vibró otra vez. Miré la pantalla: Luca.
Atendí.
—Vaya, pequeña Ari, sigues ahí —saludó.
—Oh, por Dios, ¿ahora qué? ¿Lo encontraste? —inquirí, sarcástica y