No dijo una sola palabra, simplemente caminó hacia mí con una lentitud que se sentía ensayada y calculada. Y luego, casi con cariño, depositó la caja en mi mano.
La me quedé contemplando, insegura. Se me revolvió el estómago. Sabía perfectamente que esto tenía que ser otro de sus juegos mentales. Otra actuación de la que yo no había aceptado formar parte. Así que aferré la caja, sosteniéndola entre los dos.
Él me observó con ese desasosegante tono jovial en la voz y ordenó:
—Ábrela.
No querí