El salón principal del territorio Blackwood resplandecía bajo la luz de cientos de velas y lámparas de cristal que colgaban del techo abovedado. Las paredes, normalmente austeras, habían sido decoradas con guirnaldas de flores silvestres y cintas plateadas que ondeaban con la suave brisa que entraba por los ventanales abiertos. El aroma a jazmín y madreselva se mezclaba con el de la comida dispuesta en largas mesas: carnes asadas, frutas exóticas y pasteles elaborados que hacían agua la boca de