La luz del atardecer se filtraba por los ventanales de la mansión, tiñendo las paredes de tonos cobrizos y dorados. Lilith permanecía de pie junto a la ventana, observando cómo las sombras se alargaban sobre el jardín. Su reflejo en el cristal le devolvía la imagen de una mujer que ya no reconocía del todo: más fuerte, más dura, pero también más vulnerable que nunca.
Damián entró en la habitación sin anunciarse, como era su costumbre. El aroma a sándalo y bosque húmedo que emanaba de él inundó