La sala del consejo, con sus paredes de madera oscura y ventanales que dejaban entrar la luz del atardecer, se había convertido en un campo de batalla silencioso. Damián permanecía de pie frente a los siete ancianos que conformaban el consejo de la manada, sus rostros arrugados pero sus ojos afilados como dagas. El aire olía a tensión y a cedro viejo.
—Alfa Damián, hemos solicitado esta audiencia por una preocupación creciente entre los miembros del consejo —comenzó Héctor, el más antiguo de to