Alejandra Marie Costa
La salida del pasadizo era tan estrecha que por un instante creí que no lograría pasar. Tuve que empujar con el hombro, rasparme las rodillas y contener el llanto de mi hija, que comenzaba a inquietarse en mis brazos. Pero entonces, sentí el aire. Libre. Frío. Vivo.
Emergí a campo abierto, detrás de un viejo galpón oxidado cubierto de maleza. Respiré profundo. No podía creerlo: estábamos fuera.
El cielo comenzaba a aclarar. La primera luz del amanecer pintaba el horizonte