Jonathan Bonnet
El rugido del motor acompaña mis pensamientos desbocados mientras el auto devora la distancia que nos separa de la casa de los tíos de Tristán. El rostro de Alejandra, la imagen de su hija, y la certeza de que algo se avecina me aprietan el pecho como una tenaza.
—¿Has logrado comunicarte con Richard? —pregunto, sin quitar la vista del camino.
—Nada. Su teléfono sigue sin señal o apagado porque me manda al buzón —responde Tristán con frustración, lanzando el aparato al asiento.