—Oh, Grace, eso es muy amable de tu parte, de verdad, pero creo que tendré que declinar. —Elara forzó una risa nerviosa que sonó demasiado aguda en el silencio repentino de la mesa—. No sé cabalgar. De hecho, nunca he estado cerca de un caballo. Sinceramente, preferiría no causar ningún problema, ni lastimar a un animal o, peor aún, a mí misma, con mi inexperiencia.
Era su último y desesperado intento de sabotaje, una mentira piadosa que esperaba le diera el día libre. La luz en los ojos oscuro