El aire frío cortaba la cara de Elara como cristal, pero el calor que emanaba del cuerpo de Keith, la pared viva que la protegía del viento aullante, era sofocante. La velocidad del galope era una locura imprudente, un castigo que él disfrutaba; sus ojos, llorosos por el viento, veían el suelo pasar en un borrón de tonos verdes y marrones. Estaba aterrorizada, convencida de que su inexperiencia terminaría con ambos rodando por la hierba. Se aferraba a la chaqueta de Keith con la fuerza de la de