Apoyé las manos en el borde del lavabo. Mis dedos estaban fríos. Demasiado fríos. Me observé las manos como si no fueran mías, como si pertenecieran a otra persona que se estaba desmoronando lentamente.
—Concéntrate —me ordené en voz baja—. Solo concéntrate.
Salí del baño y fui a la cocina. Preparé café por puro automatismo, siguiendo pasos que conocía de memoria. El sonido de la cafetera llenó el silencio y, por un momento, me aferré a ese ruido cotidiano como a una cuerda lanzada en medio del