“Sebastián”
La voz llenó la habitación como si siempre hubiese pertenecido allí, acomodada entre los zócalos y las sombras. Encontrarse escuchando la calma de quien te esperaba fue un ataque directo al estómago; algo en mí se dobló y, por un segundo, la lucidez se deslizó hacia el temor más antiguo. Me obligué a respirar despacio, a medir cada músculo del cuerpo, a que la sangre volviera a circular en la razón.
—Bienvenido, Sebastián. Llegaste justo a tiempo.
La estancia estaba iluminada por la