La mañana se pegó a la piel como una promesa rota: gris, tibia, cargada. Me desperté con la sensación de que el reloj había empezado a correr hacia un punto que no podíamos posponer. El 3 estaba ahí, clavado en la memoria como una señal que no sabía si contestar o evitar. Abrí los ojos y lo primero que pensé fue en ella: en Isabella, en la manera en que había tomado la carpeta, en cómo había dejado la fotografía marcada como evidencia. Había en sus manos una determinación que nunca había sido t