Horas después, en la pantalla de la computadora, los patrones empezaron a asomar. Las pequeñas transacciones habían activado un protocolo automático en los servidores bancarios; por un momento, parecía que la rutina no reaccionaría. Pero entonces, como una sombra que devuelve su eco, un movimiento mayor —no mío, sino uno oculto— empezó a reubicarse en cuentas intermédias. La respuesta no fue inmediata, pero fue suficiente para confirmar que habíamos conseguido una reacción. Alguien estaba movie