La madrugada todavía respiraba en la ciudad cuando Isabella abrió los ojos. No fue el peso del sueño lo que la despertó, sino la sensación de que alguien había tocado la costura de su vida para comprobar si los hilos seguían firmes. Se quedó un largo rato inmóvil, escuchando el silencio del apartamento como si pudiera traducirlo a advertencias. Afuera, las luces del vecindario parpadeaban perezosas; adentro, la carpeta con la evidencia parecía una pequeña bomba fría sobre la mesa.
Se puso de pi