El espejo la devolvía en fragmentos.
El reflejo se multiplicaba sobre los ángulos de cristal del tocador, componiendo una imagen que no le pertenecía del todo. Clara Vargas observó su propio rostro, y por un segundo creyó ver la sombra de Isabella debajo de la piel. Había pasado semanas perfeccionando cada detalle de su nueva identidad —desde el tono de su cabello hasta el ritmo de su respiración en público—, pero aquella noche no bastaba con fingir: debía convertirse en un espejismo.
La habita