Sebastián Vargas estaba de pie frente a sus pantallas, la ciudad extendiéndose a sus pies como un océano de luces que ocultaba secretos. Cada destello, cada señal digital y cada transferencia financiera eran piezas de un rompecabezas que debía resolver antes de que alguien más moviera las suyas. La vigilancia sobre Clara no era opcional; era una necesidad. Cada segundo que ella caminaba por Manhattan sin saberlo, alguien podría estar observando.
Su oficina, una extensión de su riqueza y control