El amanecer llegó sin piedad para Sebastian.
El cielo, teñido de un gris metálico, parecía reflejar el mismo vacío que se había abierto en el pecho de Sebastián desde que la vio marcharse.
Había querido seguirla, correr tras ella, abrazarla hasta quebrar el mundo si era necesario. Pero no lo hizo.
La promesa que le hizo antes de separarse pesaba más que cualquier deseo: *mantenerla con vida, aunque eso significara alejarse.*
El hotel en Manhattan se sentía distinto sin ella.
El aire estaba impre