La mansión de los Millán estaba bañada por una luz tenue, un resplandor dorado que se filtraba desde las lámparas de cristal y se reflejaba en las paredes revestidas de mármol. Afuera, la noche caía pesada, sofocante, como si supiera que algo oscuro estaba a punto de desatarse.
En el despacho principal, Omar Millán permanecía de pie frente a la chimenea, con las manos cruzadas a la espalda. El fuego crepitaba, lanzando destellos que iluminaban su rostro curtido y sus ojos fríos como el acero. Un