Mientras tanto, a kilómetros de distancia, Omar Millán terminaba una llamada.
—Quiero resultados antes del amanecer —ordenó, su voz seca—. Y no me traigan excusas.
Colgó el teléfono y se recostó en su sillón de cuero, encendiendo un habano. El humo se elevó lentamente, formando espirales antes de difuminarse. En su escritorio, varios expedientes se apilaban, todos con fotografías, transcripciones y copias de documentos. Entre ellos, el expediente de Isabella brillaba como una herida abierta: fot