—Despierta, zorra —La voz masculina resonó con una dureza que heló la sangre en las venas de Isabella. Era un gruñido áspero, una orden que no admitía réplica, que parecía provenir de las entrañas mismas de un animal salvaje, un depredador que aún no había saciado su hambre. Y, al instante, ese gruñido se vio acompañado por la fría presencia de agua helada que estrelló contra su rostro. La sensación era casi insoportable: agua que penetraba en cada poro, enredándose en su cabello, formando un m